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De reyes polacos

En la colina más alta de la ciudad de Cracovia se erige desde tiempos medievales el Castillo de Wawel, referente político y religioso y ante todo testigo de la historia del país.

Cuentan que bajo el castillo de Wawel vivía un feroz dragón cuya dieta se basaba en jovencitas vírgenes. Su apetito era tan voraz que con el tiempo dejó a los apuestos jóvenes de la ciudad sin mujeres con quien contraer matrimonio. Un día, a falta de candidatas, la bestia terminó por capturar a la princesa. El rey llamo de inmediato a los más ilustres caballeros al palacio, a quienes les ofreció sus riquezas y la mano de su hija a cambio de que la trajeran de vuelta. Uno tras otro lucharon contra del dragón sin resultados, varios perecieron en el intento, hasta que Dratewka –un humilde zapatero– se ofreció a rescatarla. A falta de mejores opciones el rey aceptó su oferta. Dratewka, en vez de luchar contra el dragón, como el resto de sus contendores, le tendió una trampa: dejó en la entrada de su guarida un cordero relleno de azufre, que la bestia devoró y que luego lo haría explotar en mil pedazos. El zapatero y la princesa vivieron felices por siempre.

Esta es una de las más populares leyendas de la ciudad y de esta imponente estructura de 228 metros de altura, de estilo renacentista –aunque se erigió en plena edad media– y ubicada precisamente sobre la colina Wawel –de ahí su nombre–, desde donde se divisa gran parte de Cracovia. El castillo, como era común en las épocas medievales, está rodeado por un río –el Vistula– que servía de protección al rey y a sus siervos, que para esa época era casi toda la población de la ciudad. Justo frente a la fortaleza todavía se conserva intacta la primera calle de Cracovia –que hoy recibe el nombre de Ulica Kanonicza– en donde, según cuentan, uno de los reyes mando a construir lo baños reales. En la actualidad, este es uno de los sitios más representativos del centro histórico, donde se encuentran cafés, librerías, un museo dedicado a Juan Pablo II y el elegante Hotel Copernicus. Además, ofrece maravillosas vistas de Wawel.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl castillo está compuesto por varias edificaciones, una de las más antiguas es la catedral de San Wenceslao, cuya cúpula bañada en oro sorprende a simple vista. Construida después de la creación del obispado de Cracovia, en el año 1.000, es considerada una de las primeras estructuras sacro romanas de Europa y uno de los principales centros del cristianismo polaco. Su importancia, además, radica en que fue el lugar de coronación de los reyes de Polonia, siendo el primero en instaurar esta tradición el duque de Kuyavia Ladislas, en 1306, conocido como ‘Ladislas el bajo’. Precisamente bajo su reinado se construiría la Capilla de Segismundo, aledaña a la catedral, de estilo gótico; y se iniciaría la expansión del castillo, con la que se reemplazaron las antiguas fortificaciones de madera y barro por los actuales muros de ladrillo. Tras la muerte de ‘Ladislas el bajo’ la capilla se convirtió en una necrópolis exclusiva de la realeza, hoy abierta al público. Una de las tumbas más visitadas es la del presidente Lech Kaczynski y su esposa, quienes perdieron la vida, junto con el resto del gabinete de gobierno, en un accidente aéreo, en 2010. La conmoción del país por la noticia fue tal, que se hizo una excepción y se permitió que sus cuerpos reposaran en el campo santo.

En manos ajenas

El estilo barroco que se evidencia en algunos sectores del castillo se debe a un incendio que obligó a reconstruir una de sus alas. La obra fue ejecutada por el rey Sigismund III Waza, en 1595, al mejor estilo de la época. Tras esta modificación, los años dorados de Wawel fueron pocos. Al trasladarse la capital de Cracovia a Varsovia, Wawel terminó siendo abandonado –los monarcas lo visitaban muy ocasionalmente–.

Años después, luego de que Polonia perdiera su independencia (1795), el castillo terminó en manos de los austriacos, quienes utilizaron el lujoso recinto para atender a los soldados heridos. Los militares dejaron poco de la majestuosidad de la realeza sueca. Los aposentos de los reyes, los salones en donde sesionaba el senado y las amplias salas, cuyas paredes estaban delicadamente adornadas con frescos y tapices antiguos, fueron invadidas por caudales de hombres que iban reformando el edificio según sus necesidades –derribando muros y ventanales–, y que poco entendían su valor histórico. Luego de que los austriacos abandonaron la ciudad (1911), el castillo fue sometido a un arduo proceso de restauración que duro varias décadas.

Finalmente, en 1918, es nuevamente utilizado como residencia, esta vez del jefe de estado y se abren algunos salones al público. Sin embargo, los años prósperos duran poco y con la ocupación nazi en Cracovia, Wawel termina nuevamente en manos extranjeras, utilizado como residencia del general alemán Hans Frank. Esta vez los polacos logran salvar los más valiosos objetos del castillo, como los tapices y la emblemática Szczerbiec, la espada utilizada en las coronaciones, que fue custodiada durante la guerra por el gobierno de Canadá y retornó al país solo hasta 1961.

En la actualidad, se pueden visitar las residencias de los gobernadores de Cracovia, que conservan los techos de madera de la época renacentista; los apartamentos privados; el salón donde el rey recibía a las visitas; la sala de juegos, adornada con pinturas del renacimiento italiano, y el salón de los senadores, entre muchos otros. Las plantas bajas y el sótano han sido acondicionadas como museos en donde se exhiben los tesoros de la corona y antiguos elementos de armería. Hacen parte de la colección cetros, espadas, joyas, coronas, escudos, túnicas, armaduras, tanques de guerra y rifles. Una buena manera de terminar el recorrido es visitando la cueva del dragón, donde de vez en cuando sale una llamarada de fuego que recuerda los días cuando aquel monstruo feroz vivía bajo el castillo.

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*Artículo publicado en la revista Hojas de El Nogal, edición 03, todos los derechos reservados a Proyectos  Semana.

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