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Paraíso rosa

flamencos

En el Santuario de Fauna y Flora los Flamencos, el desértico ecosistema propio de la Guajira se confunde con la riqueza del mangle y el bosque seco tropical convirtiéndose en el lugar escogido por bandadas de flamencos que vuelan desde Venezuela para alimentar a sus  crías y reproducirse.

En los terrenos que hoy conforman el Santuario de Fauna y Flora los Flamencos de vez en cuando se oye el sonido de la Kasha o caja, un instrumento ancestral de los Wayúus. Aquel es el llamado para que los siete clanes que pertenecen al resguardo indígena Wayúu Perrapta salgan de sus rancherías y se unan a la Yonna, un baile tradicional que solo se realiza en ocasiones especiales y cuyos movimientos están inspirados en los de las aves migratorias que cada año llegan hasta estas tierras bajas de la Guajira.

Tras cada movimiento las mujeres arrastran sus pies, mientras sostienen sobre su cabeza largas mantas coloridas que se asemejan a un par de alas. La danza consiste en andar en círculos persiguiéndose unos a otros, tal y como lo hacen los pájaros. Para los Wayúus esta es la forma de celebrar un nuevo nacimiento, dar las gracias por las cosechas, pedir por la salud de un enfermo o porque mejore el clima.

Los Pushaina, Zeriana, Eíaya, Ipuana, Wouliya, Epiaya y Epinaya son las familias que habitan en los terrenos que desde 1977 hacen parte del santuario que sirve de lugar de paso a distintas clases de garzas, patos, gaviotas, chorlos, golondrinas, águilas, colibríes y a los flamencos, entre otras muchas especies de aves.

Estas familias han sido también las encargadas de preservar esta reserva natural de mil colores, en donde los amarillos del desierto se mezclan con los verdes de los humedales,  los azules de las lagunas de agua dulce y del mar Caribe y el rosa de los más de mil flamencos que cada año llegan volando de Venezuela para terminar de criar a sus polluelos.

La aldea de camarones

El santuario se encuentra a 20 minutos de Rioacha por la Troncal de Caribe, que es la vía que conduce a Santa Marta. Al llegar al kilómetro 19 hay que adentrase en la población de Camarones y cinco minutos después aparece ante los visitantes el silencio de una reserva ambiental en donde las aves vuelan libremente.

Una de las maneras más tradicionales de movilizarse en la zona es en mototaxis, que desde la vía central cobran cerca de 3.000 pesos por pasajero hasta el santuario. Camarones, como su nombre bien lo intuye, es una población de pescadores que vive del intercambio de mariscos y pescado fresco. Al ser el puerto de entrada al santuario, también se han venido desarrollado otro tipo de negocios relacionados con el turismo, como tiendas y un par de restaurantes de comida casera. Así mismo, los habitantes han entendido la importancia de preservar aquel hábitat rico en biodiversidad, y por lo tanto realizan sus actividades de pesca de una manera sostenible.

En general se trata de pescadores artesanales que esperan la caída del sol para salir a ver que les trae el mar. Sus jornadas terminan a la media noche cuando los baldes están llenos y el sueño les puede. Aseguran que lo más rentable son los camarones, que en aquellas aguas crecen en abundancia, y las ostras del manglar, que se han terminado por convertir en una plaga, ya que nadie las consume.

Para ingresar al santuario desde Camarones hay que atravesar una pequeña laguna. Aunque a simple vista parece un tramo corto que se podría nadar o cruzar a pie, lo cierto es que es necesario tomar una panga –una canoa de madera– pues como el manglar está sobre poblado de ostras es fácil resultar herido con sus conchas. Además, este es el punto justo donde el mar se encuentra con el agua dulce.  El viaje dura menos de cinco minutos.

Al otro lado de laguna se encuentra el refugio de Parques Nacionales, en donde los guarda parques les explican a los visitantes las normas básicas durante su estadía en el santuario. Como en los demás Parques Nacionales Naturales del país, en Los Flamencos no es permitido el ingreso de bebidas alcohólicas ni de sustancias sicoactivas, ni tampoco la realización de fogatas. Al tratarse de un santuario de fauna y flora y un lugar de avistamiento de aves el silencio es fundamental, por lo tanto no se permiten las lanchas a motor ni mucho menos equipos electrónicos que generen ruido.

El santuario cuenta con una modesta infraestructura para alojar a sus visitantes, que básicamente consiste en un centro de atención conocido como Los Mangles, gerenciado por la misma comunidad. El lugar cuenta con cinco cabañas privadas con capacidad para cuatro hamacas y un gran kiosco en donde se pueden colgar hasta 10 hamacas. Sin embargo, quienes prefieran acomodarse en carpas encontrarán una zona de camping con seis espacios. El centro también cuenta con baños públicos, sin embargo hay que tener en cuenta que se trata de una zona donde el agua muchas veces escasea. Otra opción es pasar la noche en una de las rancherías aledañas.

Cuando el cielo canta

Sin duda, la atracción principal del santuario son los flamencos, aquellas aves de cuellos y patas alargadas de un rosa intenso, que cada año llegan hasta las tierras bajas de la Guajira para terminar de criar a sus polluelos y reproducirse. Los Wayúus dicen que los han visto llegar al santuario desde hace más de 100 años, la razón: las aguas de la laguna Navío Quebrado son ricas en Artemias salinas, un gusano color rosa que vive entre el fango y que es el único alimento de estas aves. Los guajiros aseguran que de ahí viene el color de su plumaje.

“Cuando los flamencos llegan es como si el cielo cantara”, dice Edgar Serrano, uno de los 43 guías observadores de aves de la etnia Wayúu con los que cuenta el santuario, y quien desde niño ha visto como el cielo se tiñe de rosa cuando llegan los meses de mayo y noviembre. Él es también el encargado de llevar a los turistas en su barca de madera alrededor de la laguna para hacer los avistamientos. “Para verlos de cerca hay que ir muy despacio porque se ahuyentan con cualquier ruido y la idea no es asustarlos, sino que vuelvan. No me imagino el día en que nunca más volvamos a ver flamencos en el santuario”, dice Edgar.

De tanto observarlos este joven Wayúu se ha dado cuenta que los flamencos son de las pocas aves monógamas que existen en el mundo, que cuando están cortejando a su pareja es cuando sus colores son más brillantes, que los polluelos nacen con un plumaje blanco como la nieve, que luego se vuelve gris y finalmente adquieren su característico rosa, que sus largas patas están hechas para buscar entre el fango las Artemias salinas –la misma función cumple su cuello estirado– y que cuando están en esta tarea mueven sus extremidades “como si estuvieran bailando champeta”.

Los flamencos también son custodiados por el personal de Parques Nacionales, quienes constantemente hacen conteos y estudios sobre las nuevas bandadas que llegan en cada migración. “La idea es brindarles las mejores condiciones en el santuario para que sus polluelos crezcan fuertes durante los meses que están en la Guajira, por eso la laguna debe preservarse como una despensa destinada para estas aves”, dice Jhon Meza uno de los guarda parques.

La posibilidad de ver a estas aves langarutas a tan solo metros de distancia, en su hábitat natural, es otro de los tesoros de la Guajira. Es por esto que el santuario es un paraíso rosa en donde la naturaleza convive en perfecta armonía con los clanes indígenas que aún pueblan estas tierras y las aves que vienen y van durante las diferentes temporadas del año inundando el cielo con su canto.

*Publicado en la revista Viajes & Turismo, todos los derechos reservados a Publicaciones Semana.

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