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Un grito millonario

Detrás del cuadro El Grito del artista noruego Edvard Munch –la obra mejor vendida en la historia de las subastas– se esconde una historia de robos y encuentros. La obra y sus cuatro versiones representan, de muchas maneras, la vida personal del artista.

“Paseaba por un sendero con dos amigos –el sol se puso– de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio –sangre y lenguas de fuego asechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad– mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”, este es el poema escrito por el propio Edvard Munch en el marco de la versión en pastel del El Grito, la obra que el pasado 2 de mayo batió el record en una subasta siendo vendida en 120 millones de dólares, sobrepasando  el Desnudo, hojas verdes y busto de Picasso,vendida en 2010 por 106,5 millones de dólares.

“He vivido toda la vida con esta pieza  de arte, su poder y energía no han hecho más que crecer con el tiempo, pero creo que ha llegado la hora de ofrecerle al resto del mundo esta oportunidad”, aseguró ante los medios de comunicación Petter Olsen, cuando anunció su deseo de sacar a subasta el cuadro que heredó de su padre, y que su familia resguardó de la dictadura nazi desde hace 70 años.

Al parecer el padre de Olsen y  el artistas eran vecinos, y cuando la dictadura alemana tildó sus obras de desquiciadas y tan perturbadoras que se recomendaba no ser vistas por mujeres embarazadas, Munch –que era considerado como un degenerado– dejó varios de sus cuadros bajo la custodia de su viejo amigo, quien las resguardó hasta incluso después de su muerte. En la actualidad este es uno de los íconos del arte. En las cuatro de sus versiones está presente una desesperación profunda, un intenso sentimiento de miedo asociado casi a la locura y un marcado desasosiego ante la vida  moderna.

De robos y encuentros

Muchas han sido las hipótesis sobre lo que inspiró Munch para crea aquella figura andrógina con rostro macabro, a la que parecen haberle devorado el alma y que en su expresión denota una profunda angustia y desesperación existencial. El resto del paisaje, en el que sobresale un cielo de colores arremolinado, la vista de la ciudad de Oslo desde la colina de Ekeberg y la silueta, a lo lejos, de dos personajes con sombrero termina de componer el desolador panorama.

La respuesta más acertada tiene que ver con la representación de una momia incaica de Perú, que fue llevada como una de las atracciones de la Exposición Universal de París, en 1889 cuando se fundó la Torre Eiffel. Por esa época Munch se había ganado una beca del gobierno noruego y estudiaba en la Escuela de Dibujo de París. En el ambiente artístico de la ciudad las culturas precolombinas cobraban gran importancia. Gauguin fue uno de los influenciados por estas figuras macabras, que comenzaron a aparecer en sus obras representando a la muerte. Por eso, no es descabellado pensar que se trata de la misma momia, teniendo en cuenta que Munch era un asiduo seguidor del movimiento impresionista, y que esta corriente fue la base para crear su propio estilo, al que luego se le conoció como expresionismo.

El Grito fue expuesto por primera vez en 1893 junto con otras seis piezas que conformaron la serie titulada Amor, con la que el artista buscaba representar las diferentes fases del enamoramiento. La última era esta imagen cargada de angustia en la que el hombre desesperado se encuentra en solitario envuelto en un grito que solo parece oír el mismo. La técnica utilizada fue óleo y pastel sobre cartón, y medía 91 x 73,5 cm. En esta primera ocasión la obra fue considerada como demente y en los años posteriores el artista fue hostigado por la dictadura nazi.  Sin embargo, Munch siguió haciendo nuevas versiones del que luego sería su cuadro más famoso.

Esta primera versión fue expuesta en la Galería Nacional de Oslo de donde el 12 de febrero de 1994 fue robada a plena luz del día por una banda de ladrones que salió con el cuadro en la mano, como quedó registrado en las imágenes de las cámaras de seguridad. Ante la simplicidad para efectuar el robo, los ladrones dejaron una nota en la que se leía: “Gracias por la falta de seguridad”. Tres meses después, la Galería recibió una llamada en la que los delincuentes se comprometían a entregar el cuadro a cambio de un millón de dólares. Esta llamada sirvió de pista para que el Scottland Yard, quienes se pusieron al frente del caso, diera pocos días después con la obra y sus captores.

La segunda versión sufrió el mismo destino. Esta medía 83,5 x 66 cm. y a diferencia de la primera fue elaborada en témpera sobre cartón y expuesta en el Museo Munch de Oslo de donde fue robada en 2004 por tres hombres armados, quienes también se llevaron otra obra del artista conocida como la Madonna. Debido a que los delincuentes nunca se pusieron en contacto con el museo se presumió que la obra había sido quemada para borrar las evidencias del robo, sin embargo dos años después fue hallada, junto con la Madonna, por la policía noruega. Según los expertos del Museo de Munich el daño hecho al cuadro durante su cautiverio es irreparable. “La humedad en la zona baja de la pintura, causó una decoloración que impide que el cuadro pueda ser completamente restaurado a su perfección original”, dijo a los medios de comunicación uno de los restauradores.

La tercera de las versiones de El Grito se encuentra también en el Museo Munch de Oslo y la cuarta es la recientemente subastada, cuyo nuevo propietario aún no se conoce. Además de los cuadros, Munch realizó una litografía en 1895 de su obra maestra lo que permitió que fuera reproducida en revistas y periódicos. Para finales de siglo XX El Grito era un icono cultural y comenzaron a aparecer reproducciones en camisetas, gorros, carteras, vasos y todo tipo de artículos. Incluso el propio Andy Warhol hizo su propia adaptación y la revista Time la escogió como portada en una de sus ediciones de 1961 que trataba sobre complejos de culpa y ansiedad.

La obra del noruego, para muchos, no es más que representación de sus propios miedos, angustias, traumas y del remolino de emociones que escondía su mente. Su niñez estuvo enmarcada por una serie de desgracias que comenzaron por la muerte de su madre, cuando el apenas tenía cuatro años, luego la muerte de una de sus hermanas, el trastorno mental de otra de ellas y finalmente la muerte de su hermano Andreas, tres meses después de casarse. “La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida… solo un loco pudo haberlo pintado”, concluyó una vez Munch cuando le preguntaron a cerca del porqué de su obra.

*Publicado en la revista Luxury Star, todos los derechos reservados a Proyectos Semana.

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